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El dia que se le ocurrio a Alejandro Junco suplantar a Jose Vales en la entrega de los premios Otega y Gasset Escribe Liliana Tafur Cómo olvidar lo que aconteció en el Palacio de Bellas Artes de Madrid en mayo del 2001. Mi entonces esposo, José Vales, era desde hacía poco más de cuatro años el corresponsal en Argentina del periódico Reforma de México. Había sido él quien mediante una investigación periodística había descubierto al represor Ricardo Miguel Cavallo, en agosto del 2000. La repercusión de esa investigación publicada en varias ediciones del periódico fue tal que nadie dudaba en ese medio en elogiar a José por su trabajo. En abril del 2001, después de regresar a Buenos Aires desde Bogotá, a donde habíamos ido a las exequias de uno de mis hermanos, José recibió un llamado del periódico en el que le anunciaron que había ganado el Premio Ortega y Gasset de Periodismo por el trabajo de Cavallo. La persona que se lo comunicó -creo que era Homero Fernández, director de Relaciones Internacionales de Reforma- le dijo que la candidatura había sido presentada por una tal Graciela Lauro en Argentina y que el premio era para "José Vales y equipo de Investigación del periódico Reforma". De inmediato José se dio a la tarea de ubicar a Graciela Lauro, una periodista que años atrás había trabajado con él en una agencia argentina y que ahora militaba en temas de derechos humanos y de la niñez. Al encontrarla le agradeció el gesto de haber ubicado las notas y presentar la candidatura. Pero aquí aparece el primer "campanazo". Lauro dijo y reiteró que ella había presentado la candidatura sólo a nombre de "José Vales y con las notas de José Vales" y que se había registrado con el número 24, según le había comunicado la gente de Prisa (empresa que edita El País). Eso fue sospechoso, pero José dijo que, en todo caso, igual era justo porque, durante esos días, para publicar el texto que desenmascaró a Cavallo habían trabajado muchos, aun cuando en Reforma no existía el tal "equipo de Investigación". Los días pasaban y nadie de Prisa ni de Reforma le daba indicaciones a José sobre si había que ir a Madrid a retirarlo o cuál iba a ser el procedimiento. José llamó entonces a Fernández, quien le dijo que efectivamente viajarían él --por ser el autor y ganador-- y Alejandro Junco, propietario del periódico, en nombre de Reforma. De Prisa, ni novedades. José decidió viajar conmigo, porque quería compartir ese momento con su familia. Nosotros costeamos los pasajes, que un mes y medio más tarde Reforma nos reintegró, y nos hospedarnos en el hotel NH en las inmediaciones de la Plaza Salamanca. Recién desde allí mi ex esposo se comunicó con el departamento de Relaciones Públicas de Prisa y le dijeron que había una habitación a su nombre en el Hotel Ritz de Madrid, a partir del día siguiente. Advirtió que estaba conmigo, pero la mujer encargada del ceremonial le dijo que sólo él podía entrar al evento, donde además de la entrega de premios se celebrarían los 20 años de El País. Después de insistir logró que yo lo acompañara. Recién en la noche previa al día de la entrega de premios, Alejandro Junco, su esposa y una pareja de empresarios regiomontanos llegaron al Hotel Ritz. Mi esposo se presentó y me presentó, ya que era la primera vez que lo veía. Junco le propuso desayunar en la mañana allí mismo en el Ritz. Fue un desayuno de caballeros, del que participaron también, creo recordar, el empresario amigo de Junco y el entonces embajador mexicano en Madrid, que si mal no recuerdo era oriundo de Guadalajara y se llamaba Jiménez Lemus. José le preguntó a Junco qué pasaría esa noche, si había que subir a recibir el premio o cómo iban a proceder. Junco dijo que sólo hablarían Jesús de Polanco, presidente de Prisa, y el rey Juan Carlos, quien entregaría los premios. Ni una sola mención al trabajo o a que él fuese a hacer lo que hizo horas más tarde y que recibió el repudio de casi todos los presentes. En la noche llegamos al Palacio de Bellas Artes de Madrid, donde tendría lugar la ceremonia. Allí los invitados eran recibidos por Polanco y José Luis Cebrián, uno de los directivos de Prisa, entre otros. En el coctel, previo a la cena, el ex presidente de Colombia Ernesto Samper y su esposa, Jacquin Strauss, nos presentaron ante el rey Juan Carlos como "el ganador del premio y su esposa". José recibió un efusivo "enhorabuena" del monarca. Allí también nos encontramos con varios colegas de El País que compartieron con él varias coberturas en Latinoamérica y Europa, como Maruja Torres y Miguel Bastenier. Luego pasamos a la cena. A nosotros nos ubicaron en una mesa en el fondo de la sala, junto a Santiago Carrillo, ex secretario general del Partido Comunista español; al entonces presidente de EFE, Miguel Gozalo y su esposa; al ex presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, el uruguayo Danilo Arbilla y su esposa; al propietario de La Nación de Costa Rica y su esposa, y a la corresponsal de The Wall Street Journal en Madrid. Hasta allí todo transcurría con normalidad. Además de Samper, entre los invitados se encontraban el Premio Nobel José Saramago y Pilar, su esposa; el ex jefe de gobierno español, Felipe González; el escritor Carlos Fuentes; diversos propietarios de medios latinoamericanos como Alejandro Miró Quesada de El Comercio de Lima y Rafael y Enrique Santos de El Tiempo de Bogotá; el presidente de La Nación de Buenos Aires, Bartolomé Mitre; el entonces canciller mexicano, Jorge Castañeda, los artistas Ana Belén y Víctor Manuel, entre otros. Cuando llegó el momento de la entrega de premios, después de los discursos de Polanco y del Rey, Arbilla le dijo a José en voz baja: "Adelantate porque ya te van a llamar". Él se levantó y se acercó al escenario. En ese momento, el maestro de ceremonias anuncia que "el Premio Ortega y Gasset 2001 corresponde a José Vales y el equipo de Investigación de Reforma". José ya estaba listo para subir al escenario cuando se oye nuevamente la voz del maestro de ceremonias: "Recibe el premio en su lugar Alejandro Junco de la Vega, presidente y director general del periódico Reforma". Los asistentes, sorprendidos, escasamente aplaudieron. Se levantó un murmullo incómodo. José regresó desencajado a la mesa. El comentario general era: "¿Qué fue lo que pasó?"... Incluso Arbilla le dijo a José: "¿Acaso tú no conocías a Junco? Hay una fila de gente para cagarlo a trompadas", una expresión bien rioplatense para decir que lo quieren golpear... No pasaron más de 10 minutos cuando Enrique Santos, director de El Tiempo, se acercó para solidarizarse con José, lo mismo que su primo Rafael, quien exclamó: "Qué hijos de puta, cómo se enmochilaron (robaron) ese premio..." Víctor de la Concha, presidente de la Real Academia de la Lengua y miembro del jurado del premio, también se le acercó a José para expresarle su desconcierto. Después, José se quejó y le manifestó su bronca a Miguel Gil, encargado de relaciones Públicas de Prisa, a quien conocía de la época en que Gil se desempeñaba como vocero oficial de Gobierno junto a Felipe González. Gil solo dio como explicación que "todo fue una orden de arriba. A mí nadie me avisó nada...Entiendo su estado de ánimo, José..." Ni bien terminados los postres, amargos por las circunstancias, por cierto, Junco se levantó con el premio en sus manos (una escultura de Chillida) y se marchó raudamente con su señora y la pareja de amigos. Sin despedirse ni decirle nada a José. Fue su esposa quien se acercó a nosotros para que "nos encargáramos de las fotos de Alejandro con el Rey". Ante semejante ironía, reaccioné mal y atiné a decirle: "José es quien debería estar en esa foto..." Ella se marchó con una sonrisa nerviosa. Después fue Castañeda quien se acercó a manifestarle a José su solidaridad, al igual que su mujer. Llegó a decir: "Junco es un impresentable". Lo mismo hicieron Felipe González, Víctor Manuel y Samper. Había mucha bronca por lo sucedido. La gente de El País y de Prisa, ni una palabra... De allí salimos a tomar algo fuerte para apagar el mal momento. Pero era imposible. Al llegar al hotel nos encontramos con una carta manuscrita sobre la cama, firmada por Cebrián invitándonos a una cena la noche siguiente, a modo de "desagravio". Fuimos. Allí estaban muchos de los representantes de los medios latinoamericanos, incluso Roberto Guareschi de Clarín, pero nadie, salvo un ex director de un medio mexicano, dijo nada. Mucho menos la gentede El País. Lo que siguió fue el escenario menos pensado para alguien que gana un premio, que arriesgó mucho por su trabajo y que a lo largo de su carrera llegó a dejarlo todo por la profesión, incluso a su familia. Regresamos a Buenos Aires, después de rechazar entrevistas para contar lo que había ocurrido -él me decía que lo hacía porque "los trapos sucios se deben lavar en casa" -. Esperó una explicación de Junco de la Vega que nunca llegó. Viajó a México, recibió un montón de justificaciones --que nada tenían que ver con la realidad-- por parte de Lázaro Ríos y de Homero Fernández, directivos de Reforma (un periódico que nunca se presentaba a los premios y les prohibía a su redactores y cronistas hacerlo) y decidió renunciar al diario, aun cuando le ofrecían mejorarle el salario y otras condiciones para que se quedara. Argumentó que no podía seguir trabajando allí "por ética y por muchas cosas más". Tengo la certeza de que aquel día, supuestamente el más feliz en la vida profesional de José Vales, fue para él el más triste. |